Animarse y arriesgarse es algo a lo que siempre tuve miedo. Miedo a lo que viene, a lo que no; miedo a que sueños e ilusiones se desmoronen... Pero más que nada, miedo a mi misma.
¿Miedo a mi misma?
Tanto arriesgar como animar, requieren de mucho valor interno y de mucha decisión. Son dos verbos que si o si crean conciencia de si mismo y de lo que uno es capaz o no de hacer y sentir. Verbos que definen quien sos, cómo sos, que te gusta, hasta donde llegas y hasta donde no -entre otras tantas cosas.
Puedo decir con certeza que gran parte de mi vida la viví con miedo, miedo a conocerme porque se que soy capaz de mucho, porque se que siento mucho y porque se que cuando quiero, puedo. Miedo a lastimar, lastimarme y que me lastimen. Miedo a darme a conocer, miedo a no ser aceptada; pero más que nada, miedo a no aceptarme a mi misma. Miedo a tener que vivir peleada conmigo, a odiarme y repugnarme. Y, de tanto miedo que tenía, terminé haciendo todo lo ya enumerado.
Ahora puedo decir que gracias a varias -por no decir infinitas- charlas de mate conmigo misma, decidí no tener más miedo, decidí vivir lo que elija vivir y hacerlo con todo lo que soy. Sentir lo que sienta con todos los sentidos.
En conclusión, ser y estar feliz siendo lo que soy.
Después de todo, uno tiene una sola vida en este mundo terrenal... Porque no aprovecharla, no? Y si a la gente no le gusta quien soy, problema suyo... Lo importante es que yo me gusto.
Porque qué mejor, que ser mejor amigo de uno mismo.
